¿Y eso… dónde lo dice? Esa es una pregunta que a ningún cristiano debería darle pena hacer. A veces pasamos años creyendo cosas solo porque nos las enseñaron de pequeños, porque las escuchamos de alguien a quien respetamos o porque siempre se ha hecho así en la iglesia. Pero que algo sea costumbre no significa que sea verdad.
La Biblia nos cuenta en Hechos 17:11 sobre los creyentes de Berea, quienes escucharon al apóstol Pablo y tuvieron una actitud maravillosa: revisaron las Escrituras todos los días para comprobar si lo que les predicaban era cierto. ¡Y miren que era el propio Pablo quien les estaba enseñando! Esto nos demuestra que cuestionar lo que escuchamos no es un acto de rebeldía, sino una señal de madurez espiritual.
No necesitamos una fe que le tema a las preguntas, sino una fe dispuesta a abrir la Biblia. Ya sea que nuestra tradición, nuestra denominación, nuestro pastor o nosotros mismos llevemos muchos años creyendo algo, vale la pena revisarlo a la luz de la Palabra.
Sin embargo, lo más difícil es acercarnos a la Biblia no para buscar argumentos que demuestren que tenemos la razón, sino con una actitud humilde que le diga a Dios: "Señor, si estoy equivocado, corrígeme". Al final, no se trata de ganar discusiones entre distintas denominaciones para demostrar que la nuestra es la verdadera, se trata de conocer a Jesús y vivir en su verdad.
Por eso, una de las oraciones más sinceras que podemos hacer al abrir la Biblia es pedirle al Señor que nos enseñe a creer lo que realmente dicen las Escrituras, en lugar de buscar que confirmen lo que ya pensamos. La próxima vez que escuches algo muy espiritual, no tengas miedo de preguntar con respeto: "¿Y eso... dónde lo dice?". No lo hagas para pelear o sentirte superior, sino porque amas tanto la verdad que no te conformas con lo que otros te contaron, recordando siempre el llamado de 1 Tesalonicenses 5:21: "Examinadlo todo; retened lo bueno".
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