Los cristianos y el Halloween: ¿Cómo entender esta celebración?


Los cristianos solemos debatir si Halloween es una práctica pagana y maligna o una diversión inofensiva. Pero ese debate de dos bandos nos ha impedido notar que la fiesta ha cambiado y que hoy significa algo distinto de lo que muchos recordamos.

Una fiesta que ha cambiado con los siglos

Halloween nació de la antigua fiesta celta de Samhain, que marcaba el final de la cosecha y el comienzo del invierno, cuando se creía que la frontera entre los vivos y los muertos se volvía más delgada. 

Con el tiempo, los cristianos adaptaron esas costumbres, y en la Edad Media la celebración se convirtió en la víspera del Día de Todos los Santos (All Hallows' Eve), una ocasión para honrar a los creyentes que habían partido antes. 

Hacia 1745 comenzó a llamarse Halloween. Al llegar a Estados Unidos, la fiesta siguió evolucionando: a mediados del siglo XIX la gente empezó a disfrazarse y a ir de casa en casa pidiendo comida o dinero, antecedente del actual «truco o trato».

En la última década, sin embargo, Halloween ha dejado de ser sobre todo una fiesta de barrio para niños. Los adultos la han adoptado con entusiasmo, y el gasto se ha disparado: según la National Retail Federation, alcanzó un récord de 12.200 millones de dólares en 2023 en Estados Unidos. Los disfraces son más elaborados, las casas embrujadas se han vuelto experiencias de «terror inmersivo» y hasta los patios se llenan de esqueletos, telarañas y figuras animatrónicas de tamaño real.

Lo que revela de nuestra cultura

¿Qué nos dice esto de nuestra sociedad? Hay varias lecturas posibles. Una es que la fascinación por la muerte y la oscuridad refleja un anhelo de trascendencia: en una época secular, la gente sigue atraída por lo misterioso porque intuye que hay algo más que el mundo material, y Halloween permite acercarse a lo sobrenatural sin riesgo ni compromiso. Otra es que el miedo en dosis controladas funciona como válvula de escape para ansiedades más profundas. 

En una sociedad dividida e incierta, las películas de terror y las casas embrujadas nos dejan enfrentar el horror sabiendo que estamos a salvo, lo que da una sensación de poder que, aun así, es pasajera y superficial.

También se ha acentuado la sexualización de la fiesta. Lo que era una ocasión inocente para que los niños se disfrazaran se ha vuelto, para muchos adultos, una oportunidad de usar atuendos provocativos, tendencia que según la escritora Juliet Lapidos comenzó a mediados de los años setenta en las comunidades gay estadounidenses y hoy se nota sobre todo en el mercado de disfraces femeninos. Esto apunta a problemas más hondos, como la mercantilización del cuerpo y la confusión entre identidad y atractivo sexual. 

Por último, los disfraces mismos revelan el deseo de ser otra persona, de salir de lo cotidiano y traspasar límites, una insatisfacción alimentada por el individualismo expresivo.

¿Cómo deben responder los cristianos?

Cuidar la conciencia propia y la del prójimo

Algunos creyentes preferirán evitar Halloween por completo y otros lo verán como una oportunidad de acercarse a sus vecinos; ambas posturas pueden honrar a Cristo si se asumen con prudencia y buena conciencia. 

Quien participe no debería burlarse de quien se abstiene, y quien lo rechaza como pagano debería evitar juzgar con dureza a quien no piensa igual. Muchos aspectos de la fiesta son adiaphora, «cosas indiferentes»: como dice Pablo, la comida no nos acerca a Dios, ni somos peores si no comemos ni mejores si comemos (1 Corintios 8:8).

Identificar los peligros reales

Para la mayoría de los niños, el riesgo no es enamorarse de la espiritualidad pagana, sino caer en un ídolo más sutil: el materialismo, con su obsesión por juntar más dulces o lucir el mejor disfraz. Los padres pueden orientarlos hacia la generosidad, la creatividad casera y las actividades comunitarias. 

Para los adultos, el peligro mayor es el escapismo: usar el 31 de octubre como un respiro de las presiones diarias en el que las normas morales se aflojan. Ese escape puede alejarnos de las responsabilidades del mundo que Dios nos llamó a cuidar, así que es un buen momento para mostrar autocontrol, hospitalidad y un gozo genuino en lugar de una emoción efímera.

Buscar oportunidades para el evangelio

Halloween también permite conversaciones valiosas. Hablar del miedo, la muerte o la elección de un disfraz puede abrir la puerta a hablar del pecado y de la fe. Si el escritorio de un compañero está cubierto de telarañas o el patio del vecino lleno de cadáveres de plástico, se puede preguntar por qué es su fiesta favorita y dejar que la charla llegue a las realidades espirituales. 

En vez de aislarse o condenar, se puede elogiar la creatividad ajena, unirse a las actividades del vecindario u organizar algo propio. Mostrar el amor de Cristo suele empezar simplemente estando presentes. Así como Pablo, en Atenas, partió de un altar dedicado a un «dios desconocido» para tender un puente hacia su mensaje (Hechos 17:23), nosotros también podemos usar este momento cultural para señalar verdades más profundas.

Hacer brillar la luz en la oscuridad

Aunque Halloween sea cada vez más aterrador y elaborado, el triunfo de Cristo sobre el miedo y la muerte sigue intacto. Mientras el mundo se decora para asustar, los creyentes tienen la oportunidad de encarnar la esperanza y mostrar a sus hijos y vecinos que hay una luz que brilla en la oscuridad, y que la oscuridad no la ha vencido (Juan 1:5). 

Podemos acercarnos a esta fiesta sin miedo ni juicio, con discernimiento y gracia, y demostrar que nuestra esperanza descansa en algo mucho más grande que las emociones de temporada, algo capaz de dar sentido a nuestras celebraciones y transformar nuestros miedos en fe.

Para ciudadgospel.blogspot.com

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