Pablo sabía muy bien lo que era predicar sufriendo en carne propia. Para él, la fe no era solo teoría; era sangre, cicatrices y celdas frías.
Apenas salió de Damasco convertido y comenzó a hablar de Jesús, tuvo que escapar de noche, metido en una canasta y bajado por una abertura en el muro, porque las autoridades locales querían atraparlo (Hechos 9:23-25). Tiempo después, llegó a Listra con el corazón encendido. Sanó a un hombre que no podía caminar, y la gente se quedó tan impresionada que quiso adorarlo como si fuera un dios. Pero la alegría duró poco: llegaron agitadores de otras ciudades, convencieron a la multitud y terminaron apedreando a Pablo hasta dejarlo tirado, creyendo que estaba muerto. Lo arrastraron fuera de las murallas (Hechos 14:8-19). Sin embargo, mientras los discípulos lo rodeaban, se levantó y volvió a entrar a la ciudad (Hechos 14:20).
En otra ocasión, en la ciudad de Filipos, liberó a una joven de un espíritu de adivinación, y eso le costó la libertad. Los dueños de la muchacha, furiosos porque se quedaron sin su negocio, lo arrastraron a los tribunales. Los magistrados ordenaron golpearlo sin piedad. Hechos 16:23-24 dice, referente a Pablo y a su compañero Silas: «23 Después de golpearlos bastante, los soldados los metieron en la cárcel y le ordenaron al carcelero que los vigilara muy bien. 24 El carcelero los puso en la parte más escondida de la prisión, y les sujetó los pies con unas piezas de madera grandes y pesadas.». Con la espalda rota y los pies lastimados en la oscuridad, en lugar de quejarse, a la medianoche Pablo y Silas oraban y cantaban salmos a Dios (Hechos 16:25).
En Tesalónica armaron un alboroto apenas lo vieron; en Corinto lo arrastraron ante el tribunal; y en Jerusalén una turba en el templo casi lo mata a golpes si no es porque intervienen los soldados romanos (Hechos 21:31-32). A pesar de todo esto, siguió escribiendo cartas llenas de vida, viajando sin descanso y entrando a los mismos lugares donde sabía que lo odiaban.
Las personas a las que intentaba rescatar eran las mismas que lo atacaban. No lo recibían con aplausos; lo traicionaban, lo insultaban y lo encarcelaban. En sus propias palabras, el costo de su misión fue altísimo. En 2 Corintios 11:24-25 «De los judíos cinco veces he recibido cuarenta azotes menos uno. Tres veces he sido azotado con varas; una vez apedreado; tres veces he padecido naufragio; una noche y un día he estado como náufrago en alta mar».
¿Por qué no se calló? ¿Qué lo hacía seguir adelante? La respuesta es sencilla: había visto al Resucitado. Cuando tienes un encuentro real con Cristo, los golpes duelen, pero el propósito se vuelve mucho más grande que el sufrimiento. Pablo no predicaba para ganarse el aplauso de la gente; predicaba porque sabía que el amor de Dios era la única esperanza para ellos.
Así que, si hoy te rechazan por hablar de lo que crees, si te hieren con chismes o con la indiferencia de las personas que amas, recuerda la historia de Pablo. Levántate, sacúdete el polvo y vuelve a entrar a la ciudad.
Quien te llamó no te prometió un camino cómodo, pero sí te prometió su presencia constante. Y con Él, hay fuerzas para soportar el golpe y continuar el viaje.
por Álvaro Andrés
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